Luis Paulino
Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)
Atribuir la actual crisis económica griega a los
excesos en sus sistemas de pensiones y seguridad social es, en el mejor de los
casos, expresar una verdad a medias. O, si usted lo prefiere, una media
mentira. Y la mentira excede de la mitad si se invoca el caso español. En lo
que a Irlanda se refiere habría que recordar que, ante el impacto de la crisis,
se optó, con anticipación (2009), por una política fiscal restrictiva,
tendiente a la reducción del gasto público. Ello simplemente agudizó el
desplome (reducción del -7,1% del PIB en 2009) y disparó el déficit fiscal
(14,3% del PIB).
En general, los datos muestran
de forma sistemática un deterioro generalizado de las finanzas públicas en el
período posterior a 2007. Aunque parcialmente atenuado, ello es válido incluso
para Alemania. Es indudablemente un problema vinculado a la crisis económica y
refleja principalmente la confluencia de dos factores: el esfuerzo fiscal
excepcional que se puso en marcha para atenuar la crisis, y el desplome de los
ingresos tributarios ocasionado por la aguda recesión. En el caso de los países
que ya están atrapados en la telaraña de la deuda pública, los datos son
claros. España, por ejemplo, pasa de superávits fiscales del orden del 2% en
2006 y 2007 a déficits que, para 2009, llegan al -11,2% del PIB. Irlanda, con
un superávit del 3% en 2006, registra un déficit que excede del -14% en 2009.
Portugal y, sobre todo, Grecia, ya registraban números rojos antes de la
crisis. Esta última agudiza severamente el problema. En lo que se refiere a
Italia, el agravamiento del déficit no es tan agudo (-1,5% en 2007; -5,3% en
2009), pero en su caso la deuda pública es extraordinariamente elevada (115,8%
como porcentaje del PIB, al mismo nivel, en términos comparativos, que Grecia).
La crisis que explota en 2007 es, por lo tanto, la
fuerza principal detrás de la actual crisis europea de la deuda. Sabemos que
aquella detonó en Wall Street, de mano de los grandes especuladores de las
finanzas. Culpabilizar a los sistemas de seguridad social y a los sindicatos
resulta entonces una grosera mentira. Pero esto también advierte acerca de la
peculiaridad de la crisis de la deuda como una segunda ronda o, si se prefiere,
una nueva etapa en una crisis mucho más amplia, cuya solución aún está lejana. Ha
habido dos etapas previas: la crisis financiera precipitada a partir de la
crisis hipotecaria; y, en seguida, la recesión generalizada a nivel mundial.
Estas dos primeras fases de la crisis exigieron una intervención estatal hasta
niveles inéditos. Justo esto último es lo que ahora explota. Lo que sigue es,
posiblemente, una segunda vuelta de la recesión, a lo cual están apostando –con
admirable denuedo- tanto el FMI como muchos gobiernos, en especial los
europeos. Una recaída en la recesión plantearía acuciantes problemas, en vista
de que el margen disponible para ejercer política fiscal anti-cíclica estaría
prácticamente cerrado.
A la hora de buscar causas subyacentes a la crisis
económica (me refiero a la crisis en sentido amplio), un primer nivel de explicación
que debe ser explorado tiene que ver, indudablemente, con el agresivo proceso
de contra-reforma y globalización neoliberal de los últimos 30 años. Comprender
esto último es un paso necesario, previo a profundizar en factores aún más
fundamentales que, seguramente, también los hay.
Los datos son contundentes en el sentido de que
durante estos tres decenios el ingreso y la riqueza se concentraron agudamente,
mientras la participación de los salarios en la producción nacional declinaba
sistemáticamente. Ello es válido incluso en el caso europeo, pero todavía más
en Estados Unidos. Detrás de esto hay un agresivo esfuerzo tendiente a
debilitar los sistemas de seguridad social y a desmantelar las organizaciones
sindicales independientes. El proceso combina, de forma sumamente compleja,
decisiones políticas, acciones represivas y movimientos de transnacionalización
de las inversiones y la producción. Esto último puso a competir a las clases
trabajadoras del mundo rico, con las masas trabajadoras –desorganizadas y de
bajísimos salarios- de los países de la periferia, incluidos los del antiguo
socialismo real.
En esas condiciones, y a fin de sostener la
demanda y, con esta, el crecimiento económico, se puso en marcha un gigantesco
mecanismo de deuda y especulación financiera que ganó en sofisticación, el cual
-ya hacia los noventas del siglo XX- adquiere un perfil nítidamente
globalizado. Las clases trabajadoras y los estamentos medios de los países
ricos lograban mantener y elevar su nivel de consumo, no gracias a que sus
ingresos aumentasen –que en realidad, en términos relativos, más bien
disminuían- sino mediante el recurso al endeudamiento.
La crisis que explota en 2007 plantea un
cuestionamiento directo a este mecanismo de deuda. Es plausible que ello marque
un techo a la espiral de endeudamiento de las familias medias y trabajadoras,
sobre todo en Estados Unidos. Esa situación forzó, a su vez, a un movimiento de
traslación que, por la fuerza de las circunstancias, tuvo lugar de forma
violenta y precipitada: de la deuda privada se pasó a la pública, y en un plazo
de tan solo dos años está explota a niveles excepcionales, solo superados por
los que se registraron durante la Segunda Guerra Mundial. Y si causa
consternación la magnitud de la deuda española ($1,1 billones) o italiana ($1,4
billones), convendría recordar que la de Estados Unidos sobrepasa ya los $13
billones. Y si en este último caso aún no se declara una crisis, es seguramente
por su privilegiada posición geo-económica y política –incluso el especialísimo
privilegio de que su moneda nacional sea también divisa universal- y no solo
por el enorme tamaño absoluto de su economía.
Las soluciones que ahora se proponen frente a la
crisis europea de la deuda, reinciden –de forma tan obvia como pertinaz- justo
en aquello que ha arrastrado a los países ricos a este pavoroso
empantanamiento. A la espalda quedan treinta años durante los cuales se ha
golpeado con dureza a las clases trabajadoras y los grupos medios. Y, sin
embargo, el capitalismo no podría sostenerse sin el consumo de esos grupos
ampliamente mayoritarios. Entonces se les ofreció crédito como la llave que
abría la puerta del paraíso consumista.
Ahora proponen una dosis violentamente
intensificada de la misma medicina: terminar de aplastar a las clases
trabajadoras y a los estamentos medios. Pero un detalle clave ha variado: con
toda evidencia, la puerta del endeudamiento está cerrada, y posiblemente
continuará estándola todavía por mucho tiempo más ¿cómo se supone que logrará
entonces el capitalismo sostener su crecimiento durante los próximos 10 años?
Crisis europea: medicinas que envenenan
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Todo este asunto se reduce a simple aritmética: Si produces 2 y gastas 3, entonces estarás en problemas. Después si quieres puedes engañarte culpando a los acreedores que de seguro llegarán a golpear tu puerta o a aquellos postores que rematarán tus bienes a precio de huevo.
Griegos y españoles quieren vivir como alemanes con la disciplina de un argentino.